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El
Dakar, para los amantes del Rallye Raid, es "la prueba",
el camino a seguir, la auténtica referencia dentro de este
tipo de competiciones. Quienes simplemente disfrutan del todoterreno
fijan su admiración en la espectacular belleza de su recorrido.
Y otros, los más aventureros, sueñan con la inmensidad
de unos paisajes que convierten la navegación por pistas
en un auténtico desafío para el ingenio y la orientación.
En cualquier caso para muchos es sencillamente un mito. Sus organizadores
se han ocupado bien de que sea así.
Existen
dos etapas bien diferenciadas; la que conocemos en la actualidad
y la que inició su creador. Desde la 9ª edición
(1987) la prueba empezó a desmarcarse de su filosofía
inicial, que primaba la participación del amateur o privado
sobre el equipo oficial, y apostaba por el verdadero espíritu
de aventura, navegación y superación. Hoy el amateur
también prima sobre el equipo oficial, pero esta vez alimentando
las inscripciones para poder soportar el extenso presupuesto que
la carrera necesita. Ahora bien, ese auténtico aventurero
no sólo tendrá que pagar una vez, sino dos, la primera
en la inscripción y la segunda en las dunas.
Son
de sobra conocidas las etapas sin asistencia mecánica durante
1500 km y aquellas otras que rondan los 500 km pero por terrenos
de una dificultad calculada. Y aunque su objetivo principal es dotar
a la prueba de esa dureza que la convierte en mítica, no
se nos escapa una segunda finalidad no menos importante: causar
bajas. Antes de alcanzar el ecuador de la carrera la mitad de los
equipos estarán a punto de volverse a casa. Y es que pese
a lo que se diga, donde comen cinco no comen diez. Pero esta situación
no sólo deriva del alto kilometraje y la escarpada orografía
de las pistas; el participante amateur o privado, por norma general,
no cuenta con los medios mecánicos, humanos y económicos
de un equipo oficial. Cuando un piloto oficial llega a fin de etapa,
sus mecánicos empiezan a sustituir piezas y trabajan en la
máquina toda la noche para que al día siguiente esté
lista. Mientras, el piloto se alimenta, descansa, y al día
siguiente comienza concentrado y a punto. El amateur, por su parte,
cuando logra llegar a fin de etapa (si llega) después de
cuatro jornadas, ve cómo le caen las penalizaciones oportunas
(por llegar fuera de horario), se encuentra con la terrible tarea
de reparar su vehículo (probablemente durante toda la noche)
y al día siguiente toma la salida con el resto de pilotos.
La historia se repite y al final de ese u otro día surge
el inevitable y matemático abandono por causas mecánicas,
físicas o psíquicas.
Estos
factores hacen de esta carrera la única en participación,
seguimiento y repercusión. Todos los participantes sueñan
con llegar, y ésa es, precisamente, la verdadera meta de
cada uno de ellos. Son conscientes de que no van a subir a lo alto
del podio. Aunque todos corren bajo la misma organización,
hacen carreras diferentes. Para unos es una competición muy
dura, para otros una aventura de verdad. Sin embargo, y pese a ello,
no cabe sino felicitar a sus responsables por mantener viva la llama
entre adeptos y participantes, y lograr llevar a lo más alto
a la única carrera que desde el punto de vista deportivo,
del marketing y empresarial, ha conseguido convertirse en uno de
los mayores acontecimientos del motor.
Luis
de la Puente
es director de publicidad de AutoAventura
4x4
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